Wednesday, June 28, 2017

Primero el poder, después el gobierno




“A olvidarme de olvidar, a recordar lo que vendrá,
A arriesgar una y mil veces.”

Callejeros


Volver, volver, volver. El 9 de diciembre de 2015 en Plaza de Mayo se escuchó por primera vez, durante el discurso de CFK, el cantito de “vamos a volver”. Fue en ese momento un aliento, un puente que nos empujaba hacia el futuro, que nos sacaba del dolor de la asunción de Mauricio Macri como presidente. Luego se multiplicó como mantra en miles de plazas, en recitales de Fito Paez, en remeras y grupos de whatsapp. Teníamos que creer que podíamos volver, que no era todo un gran error de la Matrix, que no había sido todo un sueño, que seguíamos respirando y había que luchar. Luche y vuelve. Vamos a volver.

Bien, ya basta. No estamos en enero de 2016, sino en junio de 2017. La compañera Cristina Fernández de Kirchner será candidata a senadora en la Provincia de Buenos Aires, al frente de un nuevo espacio político llamado Unidad Ciudadana, con serias chances de ganar estas legislativas. Presentaremos batalla contra el macrismo en todas las jurisdicciones argentinas; Lenin Moreno es el nuevo presidente de Ecuador; y en Brasil, Lula vuelve al ruedo. ¿Qué significa todo esto?

Si hablamos de volver al gobierno, animémonos a decirlo, existen posibilidades reales para el 2019. ¿O no? Entonces, no seamos yeta. A esta altura del partido, repetirnos permanentemente que “vamos a volver” no es necesario, no es útil, no es estratégico. Necesitamos otras canciones, otras palabras, otros conceptos, otras herramientas para esta etapa. De eso viene hablando Cristina (quien quiera oir que oiga) y de eso queremos debatir acá, para pensar esta campaña electoral en clave estratégica. Porque no se trata de volver al gobierno, sino de reconstruir poder en la sociedad. A ser distinto a lo que se parece.


Es la sociedad, mamertos.


Si reconocemos a Cristina como conducción política, el manual dice que el rol de la militancia no es sólo seguirla, acompañarla, defenderla; sino fundamentalmente escucharla e interpretarla. Cristina Fernández jamás cantó “vamos a volver”, en ninguna de sus intervenciones públicas, y ha expresado numerosas reservas y diferencias con ese cántico. En cambio, nos ha instado en múltiples oportunidades a correr nuestra mirada de la idea de volver al gobierno, para ponerla en cambio en la construcción de nuevas mayorías, nuevas representaciones, nuevas correlaciones de fuerzas.

El acto de Arsenal, tal como fue analizado en diversos lugares, no fue dirigido al núcleo duro de votantes del kirchnerismo. Cristina salió a pescar por fuera, a interpelar mayorías no politizadas, menos permeables a su habitual oratoria que hilvana conceptos, datos duros, geopolítica, épica, humor. No era un “patio militante”, por así decirlo. Fue su primer jugada de campaña, la movida inicial; pero no mostró todas sus cartas. Por eso creemos que para comprender la estrategia de nuestra estratega, no hay que leer Arsenal aislado, sino en el marco de la mirada global de nuestra conducción.

Hemos tenido oportunidad de escuchar y leer a CFK numerosas veces desde el 9 de diciembre de 2015, y hay mucha tela para cortar. Si Cristina te habla, prestá atención. Veamos por ejemplo el documento iniciático de Unidad Ciudadana. Un texto largo, de consumo para gente politizada y militante, que CFK lanzó como una suerte de compromiso programático, enlazando diagnósticos con propuestas. En un párrafo clave, dice:

UNIDAD CIUDADANA para generar propuestas que pongan un límite a tanto dolor y fractura económica y social. Propuestas que, retomando los lineamientos de los gobiernos nacionales, populares y democráticos, incorporen los nuevos desafíos del momento histórico actual, caracterizado por el retorno continental del neoliberalismo.
Reparemos en la última frase: retorno continental del neoliberalismo. No dice que perdimos por un puntito el balotaje, si Scioli hubiera hecho sarasa, si el candidato hubiese sido pindonga; no es que el macrismo fue un “accidente” electoral, ni que si Horacio González no votaba desgarrado todo hubiera estado bien. El momento histórico actual está caracterizado por el retorno continental del neoliberalismo, y quien gobierna en la Rosada es una expresión de ese momento histórico. Asumir plenamente esa lectura política nos abstrae de la inmediatez de las redes sociales, del blooper presidencial de la semana, de las “autocríticas” superficiales, y de la ilusión de que todo todo todo se resuelve en las urnas.

En mayo, antes de su reducida gira europea, Cristina visitó el Sindicato de Docentes Privados (SADOP), donde hizo una exhortación explícita a la unidad del movimiento obrero. Sí, ese movimiento obrero que supuestamente despreciaba, ninguneaba, marginaba. Tres extractos de ese memorable discurso (prestar atención a las negritas):

“Tenemos que aprender la lección de lo que significó que por primera vez en la historia de la República Argentina, gente que sólamente había accedido a los gobiernos como acompañantes o como patrocinadores de las dictaduras llegaran por la vía democrática. Esto es porque modificaron la relación de fuerzas que tenía una sociedad. Una sociedad siempre tiene relación de fuerzas. Más allá de que unos se digan peronistas, no peronistas… Hay relaciones de fuerzas … Se agrupan partidos, espacios diferentes, que por allí tienen diferencias pero pueden limarlas, porque ante las dificultades y los problemas y las complejidades del momento necesitan superar o por lo menos suspender las diferencias mínimas para encarar la tarea principal.”
“Urge así, frente a tanta política de destrucción, no una política de oposición, sino una politica de reconstrucción. Porque no hay que ser opositor al otro. Hay que volver a reconstruir la relación de fuerzas que en algún momento permitió que el movimiento nacional, popular y democrático, que no está integrado únicamente por el peronismo, sino por sectores que inclusive no tienen identificaciones partidarias, ni tienen una identidad demasiado definida, hubieran optado en una determinada dirección.”
“Es hora de entender que la historia y la realidad de hoy indica y demuestra que solo la unidad del campo nacional, popular y democrático permitirá reconstruir lo que han destruido, reconquistar lo que nos han sacado; no para volver al pasado sino para volver más fuertes a un mundo diferente, cada vez más complejo.”

Vamos por partes:

  • Existen relaciones de fuerzas en una sociedad. Militante que aún no piense en esa clave, que empiece urgente. 
  • Solíamos tener una relación de fuerzas favorable, que nos permitió avanzar, ampliar derechos, enfrentar adversarios poderosos, redistribuir, ganar elecciones. Pero fue cambiando. 
  • El sector que representa Macri llega al poder por la vía democrática por primera vez porque lograron modificar la relación de fuerzas sociales. No es al revés. No es únicamente que Macri al ganar modifica fuerzas, sino que ganan porque las relaciones de fuerza habían cambiado, porque estábamos debilitadxs. 
  • No se trata de hacer antimacrismo (oposición), sino de volver a construir una fuerza social y política que pueda generar que las mayorías nacionales opten por el camino de la transformación, y no se replieguen a sus hogares como hicieron en el 76. 
  • La unidad del campo nacional y popular es lo único que permitirá una nueva mayoría; pero esa unidad no es una unidad de identidades similares (la unidad del “peronismo” por ejemplo), sino que debe ser una unidad de diferentes, una unidad heterogénea. Unir lo que es igual no es gran mérito. 
  • La nueva “unidad histórica” a construir, como le gusta decir a Artemio López, deberá integrar sectores que, a priori, no tienen fuertes identidades ni identificaciones. No se trata de unir radicales con peronistas, sino de unir sectores sociales agredidos. Eso fue lo que puso arriba del escenario CFK en Arsenal. Lxs trabajadores rurales, lxs cooperativistas, las Pymes, los derechos humanos, los clubes de barrio, lxs panaderxs, las personas con discapacidad. Una enorme cadena de equivalencias
  • Como los sectores a unir no tienen necesariamente identificaciones previas, las que trae el kirchnerismo en la mochila no los contiene. Por eso Arsenal fue de banderas argentinas y no banderas peronistas. Por eso en los primeros minutos, cuando la multitud cantaba “Vamos a volver", Cristina pide que muestren las banderas. Aparece del fondo otro cantito: "AR-GEN-TINA AR-GEN-TINA". CFK responde: "Ese me gusta más; Argentina para todos" (acá desde 1:29:50). 
La unidad no es siempre electoral, lo hemos dicho en otro lado. La unidad es ciudadana; es social antes que política. La escisión del sector de Florencio Randazzo, que llevará una lista “justicialista” en agosto y octubre, no debe preocuparnos. Lo que sí tenemos que tener en claro es que las personas pasan, pero los sectores sociales que expresan quedan. Podemos despreciar al Chino Navarro, pero la CTEP llegó para quedarse, y habrá que construir, más temprano que tarde, una unidad con las miles de personas de carne y hueso que rumbean por ahí.


Guerra de posiciones


Una disgresión teórica, para arrimar el bochín. Antonio Gramsci, pensador y militante del Partido Comunista Italiano, encarcelado por el régimen fascista, craneó hace un tiempo ya este tema de cómo mierda “llegar al poder” cuando estamos afuera. Veamos.

Gramsci estudiaba la historia militar, como el amigo Juan Perón, y también robó algunas ideas de ahí: guerra de movimientos y guerra de posiciones. Miraba la Revolución Rusa y trataba de pensar si ese modelo era “exportable” a dónde le tocaba a él, Italia y el resto de los países de Occidente. Algo no cuajaba: los bolcheviques habían tomado “el cielo por asalto”, habían llegado al Palacio de Invierno de forma vertiginosa. En términos militares, llevaban adelante un ataque frontal, una guerra de movimientos. Pero en Europa, la mera existencia de un partido revolucionario no parecía suficiente para llegar el gobierno.

¿Cómo alcanzar el poder del Estado en Italia? La razón de esta dificultad, planteaba Gramsci, era que las sociedades occidentales habían desarrollado en forma mucho más potente sus sociedades civiles. Había más consenso que coerción. El Estado dominaba, pero había también una dominación cultural (hegemonía le dicen) que sustentaba a los grupos dominantes. Algo de esto en Argentina sabemos.

Entonces, ¿qué hacer? Gramsci propone: para llegar al Estado, al gobierno, antes debemos conquistar posiciones en la sociedad, alcanzar objetivos intermedios que vuelquen la balanza de la correlación de fuerzas a nuestro favor. En sus palabras:

La supremacía de un grupo social se manifiesta en dos modos, como dominio y como dirección intelectual y moral. Un grupo social es dominante de los grupos adversarios que tiende a liquidar o a someter hasta con la fuerza armada y es dirigente de grupos afines y aliados. Un grupo social puede y debe ser dirigente desde antes de conquistar el poder gubernamental (ésta es una de las condiciones principales para la misma conquista del poder); después, cuando ejercita el poder… se vuelve dominante pero debe continuar siendo dirigente.
Esto es la guerra de posiciones. Para lograr recuperar el gobierno, debemos antes reconstruir nuestra fuerza en la sociedad. Una batalla cultural, que no es una dura confrontación ideológica de ideas, sino articular un nuevo sentido común, sustentado en fuerzas vivas. Sindicatos, unidades básicas, sociedades de fomento, centros de estudiantes, clubes, empresas, instituciones, movimientos sociales, frentes de salud, de jubiladxs, y claro, grandes liderazgos.

Las elecciones, a las que nos volcaremos fuertemente en los próximos meses, son apenas una oportunidad de alcanzar nuevas posiciones en la sociedad, que permitan ponerle límites al intento del gobierno de profundizar el ajuste; lo cual no es volver, pero tampoco es poco.


Algo mejor


El grito de guerra del "vamosavolver" fue un aliento de esperanza para el kirchnerismo luego de una súbita e inesperada derrota electoral. Al cantarlo y escucharlo, nos dimos fuerza para afrontar los tiempos que nos tocaron vivir. Pero se trata de un pésimo slogan de campaña. Incluso ha generado un contrahashtag (#NoVuelvenMás). En Arsenal, cuando el público coreaba “Cristina presidenta”, ella respondió:

No confundamos a nadie, no desunamos, unamos, porque lo que necesitamos es poner un límite a este gobierno en las próximas elecciones para que pare el ajuste, y las próximas elecciones, mis queridos compatriotas, son parlamentarias. Y es precisamente el diseño que el sistema político adoptó en nuestra Constitución porque en las elecciones de medio término la sociedad expresa si está o no de acuerdo con un gobierno. No confundamos ni le hagamos el juego a los que intentan confundir hablando del pasado. Claro que tenemos pasado, no nací de un repollo, el problema que tenemos es que con ellos no tenemos futuro, este es el verdadero problema: el futuro y el presente.
La esperanza está viva en el kirchnerismo. Ahora toca devolverle esperanza a la sociedad, convencer de que nosotrxs somos quienes podemos frenar la locura macrista. No confundamos ni hagamos el juego a los que intentan confundir hablando del pasado. Ojo, no pretendemos ni proponemos el olvido. Sabemos de donde venimos. Pero la nostalgia de un pasado dorado no nos empuja hacia el futuro. Nadie vota “hacia atrás”. Nos toca salir de nuestra zona de comfort y arriesgar, una y mil veces, como lo hace Cristina. El kirchnerismo debe dejar de ser kirchnerismo para llegar, no para volver. No habrá retorno sino llegada. Que será un nuevo punto de partida. Pero todavía faltan muchas posiciones por conquistar aún. A priori, ganemos en octubre.

Monday, June 12, 2017

Táctica urbana





Ahora es nuestra la ciudad
Ahora es nuestra y nada más

- Los Gardelitos

En las charlas informales de la militancia kirchnerista de nuestra Ciudad Autónoma, suele aparecer con frecuencia la idea de que no tenemos un proyecto para el distrito. Que jamás logramos construir una propuesta seria y convincente que logre que la ciudadanía nos crea, se entusiasme y nos acompañe. También se ha generado, en consonancia, cierta resignación que reza que la Ciudad es inganable, que es gorila, que nunca un peronista ganó (“salvo Erman Gonzalez, pero ya sabés”), que debemos conformarnos con volver a ser segunda fuerza para aportarle votos al proyecto nacional. Este cúmulo de ideas resignatorias debe ser abandonado porque, además de desmotivantes, son falsas.

Lo que requerimos en la Ciudad no es sólo un “programa de gobierno”, o propuestas concretas, porque eso siempre lo hemos tenido. Basta chusmear los trabajos de la Fábrica Porteña, la actividad parlamentaria de nuestrxs legisladorxs, o el programa de Mariano Recalde en 2015 para saber que ideas no nos faltan. Tampoco requerimos escondernos atrás de un candidato marketinero y salvador, como algunxs compañerxs piensan. Ojo, esto no es decir que esas cosas no sean útiles ni válidas, pero lo que realmente nos hace falta es una táctica para nuestra política, que nos permita construir un pueblo urbano, clarificando para quiénes sí y para quiénes no pretendemos gobernar. Una hoja de ruta para ganar y transformar.


La estrategia 

 
Primero, enmarquemos nuestro debate táctico en el marco de una estrategia general. Para volver al gobierno, dice CFK, debemos construir una mayoría nueva, distinta de aquella con la que gobernamos durante 2003-2015. Eso requiere reformular nuestras alianzas, nuestras acciones, y nuestro discurso. Necesitamos otro “relato”, porque el de 678 estuvo bien en su momento, pero hoy no nos lleva ni a la esquina.

Lo hemos dicho en otro lado: la “grieta” es una herramienta del adversario para neutralizar nuestra política popular. Todo pueblo requiere un antipueblo, pero ese antipueblo en términos cuantitativos es bien chiquito, minúsculo. Un puñado de familias, ponele. Confrontamos con los poderes reales de la Argentina y el mundo, no con el gil en la familia que los defiende. Al gil lo queremos avivar, y que se venga para acá. Porque en el fondo, acá es donde tiene que estar. Ya lo dijo alguien alguna vez, hay dos clases de personas: quienes laburan y quienes viven del laburo de otrxs.


En esta etapa de gobierno macrista, hemos encontrado una fórmula potente para nombrar nuestro adversario: el gobierno de los ricos. Los ricos es una forma de decir, porque quienes de hecho gobiernan la Argentina son las grandes corporaciones, a través de sus CEOs: Shell (Aranguren), Farmacity (Quintana), LAN (Lopetegui), General Motors (Constantini), Telecom (Malcorra), HSBC (Cabrera), y claro, el grupo Clarín, que entre otras cosas puso un juez de la Corte. Ah, y no nos olvidemos de las empresas de la familia presidencial: IECSA, Caputo, MacAir, SOCMA, etc. La lista es interminable: tres de cada diez funcionarios macristas vienen de las grandes empresas nacionales y extranjeras.

Sin embargo, confrontar directo con grandes corporaciones encuentra sus dificultades discursivas: en el capitalismo neoliberal en el que vivimos, McDonalds tiene mayor imagen positiva que cualquier dirigente político. Porque vamos, ¿quién puede odiar un Cuarto de Libra con Queso?. Es por eso que fue y es fundamental la personificación del adversario, para desarticular sus propagandas de empresas e instituciones buenas y amigables. Nombrar a Magnetto es la forma de desenmascarar a Clarín. Hablar de Lorenzetti y de Bonadío es la manera de clarificar el modus operandi del Partido Judicial. En el marco de la democracia, el imperio de la ley y la República (no hay nadie más republicanx que nosotrxs), queremos confrontar con los dueños de la pelota; no para destruirlos ni eliminarlos, sino para que aflojen un poco y repartamos mejor la torta. Capitalismo en serio, para empezar, y después vemos.

 
La idea del “gobierno de los ricos”, mucho más que la “CEOcracia” o “el gobierno de los CEOs”, ha calado hondo en la sociedad y nos permite visibilizar al 1% más acaudalado de la población desde una posición cultural de clase. El gobierno de los ricos es, de alguna manera, el gobierno de los chetos. Son los Macri, los Blanco Villegas, los Bullrich, los Stanley, que no tienen ni idea cuánto es una jubilación mínima porque jamás laburaron. Por supuesto, quienes somos peronistas preferimos usar la palabra “oligarquía”, o “antipueblo”; pero al decirlas ya estamos en un plano de abstracción teórica e ideológica que en un barrio no sirve para nada. La palabra "oligarquía" aburre.

El “gobierno de los ricos” como eje cultural de clase puede tener gran éxito a lo largo y a lo ancho de la patria. Ahora bien, si queremos interpelar a 
los sectores medios de la Ciudad de Buenos Aires, debemos desarrollarlo de forma diferenciada, nombrando adversarios concretos, para romper nuestro techo progresista histórico y recuperar el gobierno porteño para todos y todas. La estrategia macro sigue siendo la misma, pero requerimos de una táctica específica. Veamos el historial.



El proyecto nacional en la ciudad
 
Quizás la fórmula que mejor expresó la falta de imaginación política de cara a la compleja población porteña fue aquella del 2011 de “traer el proyecto nacional a la ciudad”. Eso que hacíamos en la Rosada, queríamos hacerlo acá. Claro, tenía cierto sentido en el contexto: CFK estaba en su momento de mayor popularidad, y Beatriz Sarlo decía absorta en La Nación que el kirchnerismo estaba logrando consolidar una hegemonía cultural en la sociedad. Quienes militamos esa campaña, en algún momento de delirio, creímos que podíamos ganarle a Macri. No fue así, ni por cerca. No fue culpa del candidato, quien hizo una excelente campaña y cosechó algunos de nuestros mejores resultados históricos en el distrito, pero el mensaje no llegó.



Allá por el 2011 se consolidaba en realidad una extraña hegemonía en la ciudad, distinta de la que intuía Sarlo: ganaba Macri y ganaba Cristina. Ganaban los oficialismos, bah. Incluso, en momentos del balotaje Macri-Filmus, el hoy presidente de la pesada herencia se animó a decir que no era imposible que la votara a CFK. Se estimaba, por esa época, que había entre 20 y 40% de lxs votantes de Macri en la ciudad que también optaban por la boleta Kirchner - Boudou, para desvelo de lxs ideologizadxs militantes que se sumaban a las huestes de las organizaciones kirchneristas por esos años.

Nuestro discurso político era estado-céntrico. En la ciudad fallaba la infraestructura, fallaba la salud pública, fallaba la educación pública, faltaban subtes. Todo eso lo podíamos transformar fortaleciendo al Estado si lxs porteñxs abandonaban a la derecha cool que lxs gobernaba. El foco de nuestra mirada estaba puesto, ideológicamente, en construir una ciudad más justa y más equitativa; pero en años de crecimiento a tasas chinas, en barrios donde las prepagas son ley y el hospital público un edificio extraño, no lográbamos hacer mella.

Ya en esa época Artemio López advertía que la ciudad se conurbanizaba en norte-centro-sur, que el relato homogéneo de la etapa ibarrista ya no pegaba, y que debíamos construir un mensaje específico para cada segmento. Mi compañero @marianocuyeu lo traducía diciendo que “nuestra propuesta para Caballito no puede ser construir hospitales en Lugano”. Sin duda teníamos proyectos para las clases medias, pero por algún motivo no lográbamos articularlos y convencer. En 2013 y 2015 corregimos algunas cosas, pero tampoco conseguimos despegar de nuestra posición de minoría; y de hecho caímos al tercer lugar, por debajo de una centroizquierda (Pino) que devino centroderecha (Carrió - Lustó) y nos llevó puestxs.


Macrismo anfibio

Suele argumentarse, con cierta razón, que Macri fue brutalmente subestimado, y en parte por eso llegó a la presidencia. Tildado como un rico facho que vive de vacaciones y no ha leído ni dos libros, se le asignaba total imposibilidad de encabezar una restauración conservadora a fuerza de globitos y bicisendas. Ya en 2014, la Revista Crisis, que jamás compró la caricatura que se hacía de Macri, nos advertía que observáramos la faceta constructora del PRO: 
El ingeniero-empresario con casco amarillo: capital, trabajo y técnica, transformación material y simbólica de la ciudad, se dan la mano. Ha comprendido que las obras resultan tan vistosas e ineludibles como una propaganda gráfica, aunque mucho más ruidosas, apabullantes y pregnantes que un spot. Más que en el anuncio y en la inauguración, la clave se encuentra en todo el proceso bullicioso: el traqueteo de la excavadora y la niveladora, la presencia de los obreros, y la sensación pringosa del asfalto recién colocado... Si bien por momentos irritan y despiertan las quejas de los vecinos, las obras son perceptibles desde todos los sentidos, son un espectáculo gratuito y a cielo abierto: un museo de la metamorfosis urbana. Haber leído o interpretado sus referencias a Cacciatore como una mera falta de compromiso democrático es, por decir lo menos, una lectura parcial.
Macri hacía (y sigue haciendo) obra pública. Bicisendas, metrobuses, pasos a nivel, túneles, puentes, obras, obras y obras. Los globitos, el antikirchnerismo y las redes sociales eran una parte de la fórmula; la otra era una gestión de transformación urbana visible y palpable.

La segmentación del discurso macrista entre centro-norte-sur fue eternizada por la figura de Cristian Ritondo, hombre fuerte del properonismo, que hacía política clientelar en los barrios del sur, mientras sus compañerxs partidarixs criticaban esas mismas políticas clientelares desde Recoleta. Y todo, absolutamente todo, atravesado por las grúas, los obreros, y los cartelitos de "Haciendo Buenos Aires". Un modelo altamente exitoso, que no pudimos derrotar porque no supimos comprender en su complejidad.

En su etapa larretista, el gobierno PRO ha avanzado un paso más, asumiendo con fuerza algunas de las banderas más importantes de la oposición porteña como propias. La urbanización de las villas y la participación ciudadana aparecen como ejes rectores de la gestión Rodriguez Larreta, dos de sus flancos más débiles años ha. El Jefe de Gobierno gasta millonadas en la Villa 31, avanzando en su reconversión en el "Barrio 31", donde él mismo tiene sus oficinas. Por supuesto, desde la oposición criticamos y seguiremos criticando la modalidad de urbanización, las farsas de "participación"; pero lo cierto es que, de cara a la ciudadanía, nos va cooptando nuestro discurso. Antonio Gramsci llamaba eso hegemonía por neutralización. Al "comerme" el lenguaje del adversario lo desdibujo, lo dejo sin razón de ser, lo fulmino. ¿Ahora qué vamos a decir?


Son las grúas

Dijimos que la táctica histórica del Frente para la Victoria fue señalar las falencias, los huecos, los debes de la gestión macrista en la Ciudad; sobretodo en lo que respecta a la ausencia del Estado. Incluso en campaña, nuestrxs candidatxs decían cosas como "el Metrobús está muy bien, y la bicicleta también... pero lo que falta son subtes". Como diciendo: todo lo que te muestran de amarillo es una distracción para que no veas todo lo que dejan afuera. Pero de amarillo se va pintando casi todo. Hay que cambiar de táctica. Sin dejar de marcar esos temas, hay que animarse a confrontar con el macrismo de frente. La verdad del PRO se encuentra, como la carta robada, a plena vista.

El modelo (económico) de ciudad que nos propone el macrilarretismo se resume a la fórmula obra pública + negocio inmobiliario. Los grandes intereses financiarizados de las empresas como IRSA, que buscan la valorización del suelo como forma de generar mayor tasa de ganancia, sumado a las grandes constructoras de la obra pública como los amigos de IECSA, SES, Caputo, Techint y claro, Odebrecht. 

¿Quién es dueño de la ciudad? El verdadero Larreta que importa es Augusto, que fue gerente de recursos institucionales de IRSA durante años, antes de mudarse a una silla de director en el Banco Provincia cuando su hermano ganó la jefatura de gobierno. O el amigo Andy Freyre, otro ex-IRSA hoy Ministro de Modernización de la Ciudad. ¿Sabés quién compró IECSA? Marcelo Mindlin, ex vicepresidente de IRSA de 1999 a 2003. En la Legislatura porteña, gran parte de lo que se debate es el negocio inmobiliario. Entregar tierras por aquí, modificar un código de edificación por allá, habilitar una construcción, intercambiar viviendas sociales por permisos de construcción para proyectos faraónicos.

Un proyecto transformador para nuestra ciudad debe ponerle nombre a los verdaderos intereses detrás de los globitos amarillos. Debemos ser capaces de comunicarle a la ciudadanía qué significa ser gobernadxs por estos predadores y cómo eso destruye la posibilidad de una vida urbana digna para nosotrxs y lxs que vendrán.

En los últimos años han aparecido en grandes urbes similares a la nuestra, intendentes populistas que llegaron al poder enfrentando políticas específicas. El alcalde demócrata de Nueva York, Bill de Blasio, ganó las elecciones denunciando la represión y las políticas racistas de la policía neoyorkina (en particular el "stop and frisk"), mostrando su familia bi-racial; pero también nombrando a la élite inmobiliario-financiera que maneja la ciudad a su voluntad mientras las grandes mayorías sufren. "La historia de dos ciudades" fue uno de los ejes de su campaña, evocando la novela de Dickens. En España, PODEMOS no logró la primer magistratura, pero se alzó bien temprano con las alcaldías de Madrid (Manuela Carmena), Barcelona (Ada Colau) y otras, construyendo alianzas pluripartidarias y movimentistas, focalizando en los desahucios como el principal enemigo a derrotar. Eso fueron los ayuntamientos del cambio.


Hagamos populismo urbano

Una táctica porteña requiere construir un adversario claro y visible, enmarcado en la confrontación con el gobierno de los ricos, pero enfatizando su iteración local en las corporaciones inmobiliarias y constructoras. También requiere, con igual importancia, reconsiderar el nosotrxs de la ecuación nosotrxs/ellxs. ¿A quién le habla el kirchnerismo porteño? ¿Simplemente a aquellxs que desean mayor justicia y equidad? ¿Es una apelación ética? ¿O podemos sinceramente convidar a las clases medias urbanas a enfrentar a los grandes intereses que nos gobiernan?

Uno de los mejores momentos de la campaña a Jefe de Gobierno en 2015 fue la publicidad de "Paganini" que desarrolló el equipo de Mariano Recalde. Esteban Paganini, un típico joven profesional de la línea Rivadavia, que trabaja en el centro, y lo viven bolsilleando. La prepaga, la escuela privada, el estacionamiento, el ABL, etc. etc. etc. El eje sigue siendo el Estado, pero estamos apelando desde otro lugar.





Más allá de la alquimia electoral (#UnidadPorteña) que nuestro frente asuma en el 2017, nos tocará articular una campaña netamente populista que ponga sobre la mesa no sólo dos modelos de país, sino también dos modelos de ciudad. Pero en serio.

Estaremos, ciertamente, tentadxs a concentrarnos en la nacionalización de una elección Macri vs. Cristina, donde los ojos de todxs estarán en la Provincia de Buenos Aires. También estará la tentación de enfocarnos únicamente en todo aquello que perdimos desde Diciembre de 2015, eso de "¿estás mejor o peor?"; que hay que decirlo, ha sido mucho. No es lo mismo vivir en una ciudad neoliberal en el marco de un gobierno nacional y popular, que este doble neoliberalismo en el que nos encontramos. Pero debemos también incorporar un lenguaje propio de la ciudadanía porteña, apelar a los sujetos sociales, económicos y culturales que habitan la ciudad.

Lxs inquilinxs, las familias jóvenes, las murgas, los espacios culturales, los teatros barriales, quienes quedan presxs de la educación y la salud privada, lxs propietarixs que ven sus barrios destruidos por las torres, lxs trabajadorxs precarizadxs, lxs que reclaman caminar con seguridad por las calles, el movimiento feminista, lxs jubiladxs, las personas con discapacidades, lxs rappers y lxs skaters, las nuevas juventudes. Debemos construir un gran pueblo urbano que enfrente los intereses inmobiliarios y constructores que destruyen nuestras vidas urbanas. Defender lo que en distintos pagos se llama el derecho a la ciudad.

Lxs militantes peronistas/kirchneristas debemos dejar de sentirnos visitantes en esta ciudad. Extrañxs, ajenxs. Es nuestra, hagámonos cargo. Es nuestra, y nada más. Porque vamos, ¿quién puede dar vuelta esta ciudad, transformarla para que sea verdaderamente justa, igualitaria y floreciente? Debemos despelearnos con la clase media porteña porque es esa misma clase media porteña quien nutre nuestra militancia. Debemos despelearnos con nosotrxs mismxs.

Una elección de medio término emparejada con el calendario nacional quizás no es el escenario más propicio para comenzar la articulación de un pueblo de la ciudad contra los grandes especuladores. Pero, como ha dicho un compañero: la nueva mayoría a construir en 2019 debe tener como punto de partida el 2017. Y eso aplica para nosotrxs, capitalinxs, también.






















Thursday, June 1, 2017

Es por abajo




De regreso a Octubre
(Desde Octubre)
Sin un estandarte de mi parte...


Compañeros y compañeras, ha llegado el momento que veníamos esperando desde noviembre de 2015. Llegan las elecciones. Sabemos que todxs están haciéndose los rulos. Que la candidatura de CFK (¿será o no será?), que la situación del peronismo bonaerense, que unidad o PASO, que estx se juntó con estx otrx, que aquel/aquella declaró que nosequé, y que al final se pasaría al bando de enfrente. Detrás de todo, claro, los importantes debates al respecto de cuál es la mejor estrategia para derrotar a Macri en octubre y empezar a volver. Todo eso es muy importante, pero como nos dijo la compañera hace unos días, no nos enrosquemos.

Para ganarle a Cambiemos en octubre no alcanza con la unidad, no alcanza con CFK de candidata, ni con Palazzo al frente de la CGT, ni Barcesat en la Corte Suprema. Nada de eso alcanza. La clave no está en las candidaturas ni en las superestructuras. No es por arriba que vendrán las soluciones. Es por abajo, como el subte, como Palacio. La llave para derrotar al gobierno de los ricos está en la campaña del pueblo, la campaña de la gente, esa que descubrimos demasiado tarde, en el balotaje, a fines de 2015. Esta vez, si nos avivamos, podemos arrancar con tiempo. Vamos.


Aquel balotaje

El 25 de octubre de 2015, Mauricio Macri dio el “batacazo” electoral. Acortando la distancia con Scioli a apenas tres puntos (34 a 37) y con Vidal arrebatándole la Provincia de Buenos Aires al peronismo. Ese día la sociedad (y sobretodo el kirchnerismo) se avivó que sí, que Mauricio Macri podría llegar al sillón de Rivadavia. Mauricio Macri. Algo que parecía ridículo años ha, se volvía una posibilidad concreta. Más aún, se tornaba el escenario más probable para la segunda vuelta.

Todas las encuestas de cara al balotaje daban una victoria segura de Cambiemos. Todas, sin excepción, y por paliza. Diez puntos, ocho puntos, doce puntos. No había con qué darle. Sin embargo, inesperadamente, en ese momento de peligro, sucedió algo inaudito, algo de lo que todxs fuimos protagonistas. Masivamente, rizomáticamente, de forma casi anárquica, miles y miles de personas tomaron el bastón de mariscal y salieron a hacer campaña voto a voto, cuadra a cuadra, cena familiar a cena familiar, puesto de trabajo a puesto de trabajo. Algunxs fueron a las unidades básicas, a los locales cercanos, otrxs ni eso. Salían por su cuenta, en cada esquina en la que doblabas veías alguna intervención. Pintadas callejeras, afiches a mano, volantes caseros, festivales autoconvocados en todas las plazas; no había kirchnerista que no estuviera juntando votos, compartiendo estrategias, incitando a otrxs a hacerlo también.

La mejor expresión de ese proceso fue el grupo de facebook “Resistiendo con aguante”, que en pocas semanas juntó alrededor de medio millón de usuarixs. Era un grupo secreto con la cara de Scioli en la portada, en el que se encontraba unx con anécdotas de cómo se habían revertido votos, estrategias para convencer, materiales para imprimir y difundir. En los comentarios se debatía, se compartía, se alentaba a seguir sumando adhesiones. Incluso aparecían “fake news”, como un supuesto apoyo explícito de Hugo Moyano a Scioli, que era festejado en las redes como el gol a los ingleses. En el peligro, aparecían la esperanza y el entusiasmo de sentirse protagonistas de una gesta épica que, aunque improbable, se sentía al alcance de la mano.


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No pretendemos decir que la campaña “espontánea” del balotaje fue lo único que achicó la diferencia con Macri. Scioli también estuvo a la altura de las circunstancias, embarrándose, caminando el conurbano, haciendo un papel digno en el debate presidencial, modificando su discurso moderado y amplista por uno más confrontativo con el modelo neoliberal. Sin embargo, teníamos la sensación de que quien conducía el proceso era el pueblo. El General Perón, en su manual de conducción política advertía que esto podía suceder:

“Los triunfos de Napoleón no se deben sólo a él. Cuando él no pudo, fue su gran ejército el que lo llevó. ¡Cuántas veces dijo que se sentía llevado por su ejército!... El conductor es a veces conducido. Es decir que la conducción tiene ese fenómeno extraordinario, y el conductor es, a veces, conducido por los propios elementos de la conducción, cuando ellos están capacitados”

El pueblo estuvo a la altura, y Scioli se “kirchnerizó” en la recta final. Pero ya no alcanzó. Perdimos por 680.607 votos, una diferencia de 2,68%, y nos quedamos con la sensación de que si nos daban una semanita más lo dábamos vuelta.


Tiempo de siembra

El proceso de movilización y politización no se terminó el día después del balotaje. De hecho, continuó y se intensificó. Las “plazas del pueblo” y la campaña masiva de afiliación al Partido Justicialista al calor del verano 2016 fueron un repliegue a cielo abierto. Una catársis colectiva, una reafirmación identitaria, una convicción firme de que estábamos vivxs, que no había sido magia, y que estábamos dispuestxs a las batallas que vinieran.

El furor militante del verano se consolidó en fuerzas vivas. En 2016 vio un incremento de la participación militante en unidades básicas, sindicatos, cooperadoras escolares, grupos artísticos, espacios feministas, grupos de chats, y otro sinnúmero de formas políticas de activar. Este asunto estaba en nuestras manos, nene; y acusamos recibo. Somos mucho más y mejores militantes que hace un año y medio. El macrismo nos curtió. Nos demostró que no hay nada irreversible más que lo que sembramos en la conciencia de nuestro pueblo, y que tampoco eso se sostiene solito. Hay que organizarlo, ponerle el cuerpo, empujar.

Ahora empieza una etapa nueva. Como dice Damián Selci que dice un responsable de unidad básica en el oeste del conurbano: hay campaña cultural, la que estamos haciendo siempre, y hay campaña electoral, la que hacemos durante unos meses cada dos años. La campaña electoral es el momento de cosecha, hay que cambiar el chip. Menos grieta y más sentido común.


No hace falta Durán Barba

Con las elecciones llegan las campañas. Este año, como todos los años, habrá gente muy seria y muy profesional que diseñe slogans, spots publicitarios, estrategias comunicacionales, hashtags y otras yerbas. Habrá compañerxs dirigentes con grandes responsabilidades, que tendrán que subirse a escenarios, arengar a la militancia, tomar decisiones, ir a la tele a debatir con Vilouta y Fernando Iglesias. Habrá también material de campaña, con las caras de nuestrxs candidatxs y nuestras propuestas; y habrá fundamentalmente compañerxs que se maten de frío en las esquinas repartiendo volantes y tratando de conversar apenas unos minutos con apuradxs transeúntes. Todo eso sucederá y será necesario, pero no será lo definitorio.

Tampoco nos hace falta un gurú comunicacional, ni mucho big data, ni los trolles de Marcos Peña. No nos olvidemos que la grieta es un algoritmo. Las redes nos muestran lo que queremos ver, ocultan lo que nos incomoda. Tu tía gorila no ve las sesudas críticas al endeudamiento en LEBACs que posteás en tu muro, a menos que la etiquetes. Por muchas fotos ridiculizando al gato que compartas en tu instagram, eso tiene cero impacto militante sobre la sociedad. Cero. Que un hashtag de Navarro sea trending topic no nos suma votos en Claypole, Barrio Parque o Viedma. Unx militante que debate sólo con la gente que piensa igual, o parecido, deja de ser militante. Unx militante que sólo puede enojarse y gritarle a quien piensa distinto, que no puede persuadir, seducir, hacer pensar a otrx ciudadanx, le hace flaco favor al proyecto que defiende. ¿Cuántos votos vas a ganar en esta elección? Lxs votantes de Macri no van a “arrepentirse” solxs, hay que ayudarlxs.

Necesitamos volver al balotaje. Necesitamos que cada unx que pueda salga a ponerse la Patria al hombro. Como pueda, como mejor le salga, como ya lo hizo en otros momentos. Lo dijo bien clarito el compañero Máximo Kirchner hace una semana inaugurando una unidad básica del Sindicato de Curtidores:

“No alcanza sólo con Cristina, o con aquellxs que querramos dar la pelea. Alcanza si cada unx de ustedes se involucra y hace esta pelea suya día a día. Necesitamos la participación de la gente, necesitamos la participación de lxs compañerxs. Necesitamos a las mujeres marchando, necesitamos a lxs jóvenes marchando. Necesitamos que vayan casa por casa a explicar lo que sucede.”

No se trata de desmerecer la importancia de la conducción de CFK o su posible candidatura, ni de minimizar el rol de aquello que Perón llamaba los “cuadros intermedios”. Todxs tenemos un papel que jugar. Las organizaciones políticas deberán abrirse a la participación mucho más de lo que han hecho hasta ahora; mucho más de lo que lo hicieron durante el balotaje. Las unidades básicas deberán estar abiertas como mini-comandos de campaña barriales, como cajas de herramientas, como pivotes territoriales de un despliegue permanente que las exceda. Si la básica a la vuelta de tu casa vive cerrada, tenemos que lograr que se abra, y que se mantenga abierta. No hay margen para malgastar o dejar sin usar ningún recurso.


La anti-campaña del miedo

El balotaje del 2015, con todo lo épico que fue, implicaba para el campo nacional y popular una cierta incomodidad discursiva. No era para nada placentero recordarle a nuestrxs vecinxs, amigxs y familiares de los peores momentos de las últimas décadas. “¿Te acordás de los 90s?”, “¿Queremos volver al 2001?” “¿El club del trueque?”. Había que forzar la memoria colectiva porque intuíamos el riesgo de que la oligarquía neoliberal se hiciera del Estado nacional como nunca antes. Y tuvimos razón. Pero un peronista, un kirchnerista, no quiere hablar de los momentos tristes de nuestro pueblo. Queremos hablar de los momentos felices, de las alegrías, de cuando Evita te regalaba la bicicleta, del aguinaldo y el voto femenino, de las vacaciones pagas. Cierto, recordamos los bombardeos, los fusilamientos, lxs compañerxs desaparecidxs; pero queremos hablar de los días más felices; esos que pueden volver.

El macrismo hará campaña del miedo, con el retorno del populismo. Nosotrxs, esta vez, haremos la campaña de la esperanza, de un futuro que puede volver a ser feliz si damos vuelta la taba, si le ponemos un freno al neoliberalismo. Esa es la tarea que nos toca, a todos y todas, en este octubre. Porque, ya aprendimos un 25 de mayo, va a pasar lo que nosotrxs queramos que pase.