Wednesday, September 6, 2017

Hablando de la libertad




Y ahora solo un camino he de caminar,
cualquier camino que tenga corazón.
Atravesando todo su largo sin aliento
dejando atrás mil razones en el tiempo.


(*)

Odio y miedo. La batalla de hashtags entre Navarro y Lanata del domingo pasado fue un buen termómetro del juego en el que andamos: #ElAgiteDelOdio en PPT, diciendo que el kirchnerismo agita la violencia social porque “se dieron cuenta de que no vuelven más” (sic), y el #GobiernoDelMiedo en Economía Política explicando la maniobra oficialista para crear clima enrarecido, para meter miedo, para reprimir. Hay que admitir que son coordenadas difíciles para hacer política nacional y popular; pero nadie prometió un jardín de rosas.


En pocos días comienza el “segundo tiempo” de la campaña electoral, y supone importantes desafíos para nuestra unidad ciudadana. Los primeros 45 minutos escuchamos el dolor del ajuste, dejamos hablar a la ciudadanía, logramos imponer los ejes de la campaña electoral. Pero, como dijo CFK, nos corrieron el arco. La desaparición forzada de Santiago Maldonado, la agitación del fantasma del terrorismo mapuche, la represión en Plaza de Mayo, los servicios, los palos, la manipulación electoral, los ratis de civil, la gendarmería en los comicios, el pescado podrido en los medios, los palos, las balas de goma y las de plomo. Leuco diciendo: “Nos han declarado la guerra”.


Recalibremos la brújula. La hora demanda templanza, inteligencia, mucho kirchnerismo y nada de grieta. Nada de nada de nada de grieta. No sólo para ganar las elecciones, que podemos ganarlas, sino para defender a la sociedad argentina ante un gobierno mareado de poder que puede llevarnos puestos a todes. Ya no alcanza con ponerle la oreja al ajuste; no alcanza con elaborar esperanza. Defender a la sociedad, y acompañar a la sociedad en defensa propia. Defender la democracia, por el bien de todes. Hablando de la libertad.


Escuchar a Cristina


Tenemos la suerte de que Cristina habla, y cuando habla dice cosas. En Atenas, comunicando a la ciudadanía nuestra victoria en la Provincia de Buenos Aires, dijo que esta segunda etapa de la campaña, debíamos hablar de otra emergencia además de la alimentaria, laboral, farmacéutica y tarifaria: la emergencia democrática:

Estamos frente a un gobierno con una inmensa, inaudita e inédita concentración de poder, del Estado nacional, provincial, de la ciudad de Buenos Aires, al que también se le suma todo el poder privado concentrado, mediático, económico, financiero e internacional también. Una concentración de poder a la cual la sociedad libre debe ponerle un límite porque no es bueno para nadie, ni siquiera para ellos mismos... cada vez que hay una concentración de poder hay un deterioro de la democracia, hay una democracia en emergencia.


El deterioro democrático requiere retroceder a posiciones defensivas, hacer planteos más básicos de cara a la sociedad. Las libertades civiles, que los manuales liberales dicen que son las primeras necesarias para toda democracia, se encuentran bajo ataque. En un momento en Atenas, el público comienza a corear “vamos a volver”. Cristina los frena: “Gritemos “Argentina”, se los pido por favor”, les dice. Porque no estamos hablando de volver, estamos hablando de la libertad.


Plantea Cristina que la concentración de poder es mala hasta para el gobierno; que existe una oposición fuerte a sus políticas en la sociedad, pero no se traduce en las instituciones. Hay más kirchnerismo en la gente que en los parlamentos, y es necesario equilibrar. Millones de personas marchan contra Macri mes a mes; sin embargo, pasa todas las leyes sin problema en el Congreso. Eso daña la democracia, daña la confianza de la sociedad en la democracia. Las instituciones deben reflejar la correlación de fuerzas de la sociedad.


Que la Unidad Ciudadana asuma el tema de la emergencia democrática amplía nuestro discurso público. No hace falta con acordar con nuestras propuestas económicas, incluso hasta podés creerte lo de la pesada herencia, pero un desaparecido, por ejemplo, es un límite que la sociedad no puede tolerar. Las imágenes de represión en Plaza de Mayo son escenas de un pasado que no te prometieron en campaña. Cierto, hay mucha gente dispuesta a defender palos, balas y represión. Pero, ¿una desaparición forzada? El macrismo le pide demasiado a sus votantes.


Demandar la aparición con vida de Santiago Maldonado y defender los derechos humanos en campaña electoral no debería generarnos pudor. Los derechos humanos son unos de los valores sociales que defendemos y representamos. Podemos sencillamente decir: un voto a Unidad Ciudadana es un voto para defender los derechos humanos en la Argentina, para defender los derechos civiles, para defender las libertades democráticas. ¿O no?


El de amarillo dice que estamos en guerra


Leuco dice que estamos en guerra. Tomemos seriamente lo que está sucediendo. El gobierno habla de un clima de violencia social, y trata de generar “grieta” en todo lo referido al caso Maldonado. Que los kirchneristas financian al RAM, que Jones Huala se reúne con La Cámpora, que CTERA adoctrina en las escuelas, que Néstor desapareció a Julio López, que la violencia le conviene a Cristina. Agrietar a Maldonado: dícese de meterlo en las coordenadas de “la grieta”. Agrietar a Maldonado es la manera de “normalizarlo”, de hacer que Intratables pueda dedicar tres horas al tema, sin referir un segundo a la pregunta central: ¿dónde está Santiago Maldonado?

La grieta es el mayor enemigo del kirchnerismo. Cuando elegimos afianzar nuestro 35% y confrontar con el otro 35% de la sociedad, y no afirmar que somos el 99% contra el 1%, nos achicamos. Es la sociedad contra quienes quieren destruirla, desorganizarla, fragmentarla, despolitizarla, desaparecer y reprimir partes de ella. Cuando nosotres gobernábamos, se podía hacer piquetes, cortar rutas, tirar leche a la vera del camino, cacerolear pidiendo que se muriera la yegua, y no volaba ni una bala. No reprimir, no reprimir, no reprimir. Y aunque no nos salió perfecto, lo que fundamentaba esa posición era una profunda convicción de que en democracia se podía disentir con Cristina, se podía opinar y manifestarse en contra, y todo bien.


Nuestro proyecto político no pretende la destrucción del otro, ni su desaparición. Los votantes de Bullrich no son agentes de la embajada, los simpatizantes de Carrió no son contras nicaragüenses, les militantes de Cambiemos no son todes rentades; hay gente que puede, con todo su derecho, sentir que el macrismo propone valores sociales que comparte: seguridad, orden, libre mercado, individualismo, republicanismo. La patria es el otro, especialmente cuando el otro es macrista. El “otro macrista” existe, como también existimos nosotres.


Obviamente, aceptar la existencia “social” del macrismo no es darse por vencido. La tarea es doble: desarticular el discurso macrista, y (re) articular el discurso propio. Desarticular es más sencillo. Se la dan de republicanos pero desaparecen gente. Dicen seguridad pero volvieron los secuestros extorsivos. Más desafiante, pero más necesario, es disputarle y birlarle alguna de sus banderas.


Podemos ser nosotres garantes de un orden futuro; podemos decir que la verdadera república es la que defendemos nosotres, podemos explicar lo que sería una seguridad democrática. Podemos demostrar que nuestro modelo económico valora y hace rendir más el esfuerzo individual. Todo eso podemos disputar, e incluso podemos ganar. Pero mientras tanto, el macrismo come esas banderas; y hay votantes que agarran las coordenadas macristas y dicen: “esto me representa mejor que el kirchnerismo”. Esa gente debe ser convencida, no odiada. Dentro de los márgenes de lo posible.


Democracia agonista


Nosotres no somos comunistas. No aspiramos a una sociedad sin conflicto y sin lucha. Tampoco nos compramos el verso de las ondas zen macristas de “unir a los argentinos”. Creemos en el conflicto, en el debate político, en la confrontación de ideas y fuerzas sociales en función de construir un país más justo. Creemos que el conflicto social es la única manera de transformar la realidad. Pero, y esto nos diferencia del macrismo, creemos en la paz. El neoliberalismo no tiene problema alguno de llevarse puesta la democracia, de ir a la guerra, de destruir todo lo que tenga a su paso. Nosotres no. Nosotres creemos en la democracia.


Chantal Mouffe, la filósofa preferida de Cristina, propone construir una democracia agonista, donde el conflicto es lo central. Se disputan proyectos políticos con visiones encontradas de la realidad, pero todes les contendientes aceptan las reglas de juego; es decir, aceptan que su adversario merece participar, y que en sus valores hay un compromiso con la libertad y la igualdad. “Están equivocados, no es por ahí, pero están en su derecho de militar su visión de mundo”. Eso sería una democracia agonista, donde peleamos, debatimos, confrontamos, incluso nos juegan las pasiones, los afectos, el amor e incluso el odio. Pero aceptamos la democracia.


El macrismo no acepta las reglas del juego y pretende destruir al kirchnerismo, criminalizarlo, amedrentarlo. Pero, sabemos, a diferencia de otras épocas, la derecha explícita se presenta a elecciones, y junta votos. Se democratizó “hasta ahí”, porque no son democráticos, ni creen en la democracia. No es que sea una derecha democrática, sino más bien una derecha democratizada. No se democratizaron elles, los democratizamos nosotres. Hemos forzado a la derecha a jugar la democracia. Pero al macrismo le falta bastante democratización todavía. No podemos permitirle reprimir, ni avasallar instituciones, ni desaparecer personas. Ponerles límites democráticos, y que aprendan. Eso se hace en la calle, claro, y también ganándoles las elecciones.


Dice Mempo Giardinelli en su última columna: “La Paz es nuestra razón y es nuestra fuerza”, y será el desafío de Unidad Ciudadana garantizar un orden pacífico en nuestro país; porque la Argentina de Macri, sinceramente es un quilombo. Unidad Ciudadana vino a poner límites a la locura de un gobierno mareado de poder, que necesita aflojar. Gritar que Macri basura es la dictadura nos suma menos diez. Macri es Macri: junta votos, ajusta y reprime. Estamos tratando de que deje de hacer las tres cosas, hablando de la libertad


*Publicado originalmente en la compañera Revista Kranear

Friday, August 25, 2017

Un orden futuro





"Todos nuestros hijos van a poder comer
y en nuestras almas va a dejar de llover"

Callejeros


Este blog no va a hacer análisis electoral. Ya hubo mucho de eso, muy bueno y no tan bueno. Creemos sí que hay que decir tres cosas para empezar:
  • Cristina ganó contra todo y el kirchnerismo vive (no sólo en el conurbano)
  • Cambiemos es un adversario potente y mucha gente los vota de buena leche.
  • El modelo económico macrista (fuga-deuda-ajuste) no cierra, y la gente queda afuera. Eso tarde o temprano se cae y hay que estar a la altura.
Planteábamos hace unos meses que no se trataba de volver al gobierno, sino de construir poder en la sociedad. Lo importante es hablar de 2018, del ajuste que se viene, y juntar fuerzas para enfrentarlo; no de 2019 y las roscas pejoteriles para llegar a la Rosada. Para eso ya está Urtubey, allá él.
Las elecciones de agosto muestran que muchísima gente fue a las urnas a votar en defensa propia, y mucha gente no. Hay que trabajar sobre lo que falta. La unidad ciudadana nació como una fuerza política que elabora esperanza sobre el dolor del ajuste. Te pone la oreja, te recorre los barrios, te entra a los comercios, a las fábricas, a las escuelas, y te escucha. Pero la unidad ciudadana también habla y construye desde la palabra. En tiempos de desconfianza política y posverdad, estamos en tren de crear un nuevo lazo de confianza con la sociedad, y esa confianza debe estar fundada en la idea de un orden.
¿Orden? Sí, orden. Una idea difícil de tragar para quienes provenimos de la izquierda emocional, quienes nos sentamos siempre al fondo del aula para hacer quilombo, quienes cuando nos dicen orden pensamos en policía. Pero no, hablamos de otro tipo de orden. Un nuevo orden, un orden futuro. Si Macri te desorganiza la vida, nosotres queremos volver a organizarla. Ponerle límites a tanta locura. Hablamos de reparar el daño, de recuperar la Patria. ¿Podemos ser nosotres, las kukas desestabilizadoras, garantes de un nuevo orden? Veamos.

El club del helicóptero
Tenemos mala prensa, ya lo sabemos. No dejamos gobernar, somos amigos del piquete y del corte de ruta. Somos aliados de los iraníes, los kurdos, el Boko Haram, y Jones Huala milita en Nuevo Encuentro. Dicen que La Cámpora esconde armas en las escuelas,  que apretamos jueces, que tenemos dipuespías, que contratamos psicoanalistas para que lobotomicen pacientes, que defendemos a los sacapresos, y que todo conflicto social en la Argentina es culpa de la grieta y por lo tanto de Cristina. La idea de un kirchnerismo desestabilizador, que quiere que al gobierno le vaya mal y pone palos en la rueda, puede sonarnos ridícula y hasta delirante, pero hace mella en la sociedad y debemos tomarla seriamente.
La fina tarea cotidiana de asociar VIOLENCIA = KIRCHNERISMO opera sobre un contexto social donde el miedo impera. El neoliberalismo domina a través del miedo al otro, el aislamiento, la desconfianza. El miedo a perder el empleo, a no llegar a fin de mes, a que me roben, a que te saquen los remedios, a los femicidios, a un motochorro. Todo miedo es antipolítico, desmoviliza. Y en ese combo, se trabaja para que el kirchnerismo también asuste, atemorice. Escuchen a Patricia Bullrich estos días. ¿Qué pasa si vuelven los K? Vamos a terminar como Venezuela, con desabastecimiento, muerte en las calles, dictadura, violencia violencia violencia. El kirchnerismo es violencia, y por lo tanto es caos. Y la Ministra de Seguridad vino a poner orden en la sociedad. Porque la única forma de poner orden es con la policía y la gendarmería. Maldonado, bien gracias.
¿Somos desestabilizadores? ¿Queremos que este gobierno termine como De La Rúa? ¿Queremos que Macri caiga? No, no queremos nada de eso. Repitámoslo, no queremos nada de eso. No seamos la caricatura que quiere construir el macrismo de nosotres. Nosotres creemos en la democracia, y creemos que todo el daño hecho se puede reparar, que el rumbo se puede corregir. Lo dijo CFK con científicos: “No queremos que al gobierno le vaya mal, queremos que deje de hacer mal las cosas”. También en Sarandí, en la madrugada del lunes 14, luego de que nos secuestraran los votos, Cristina le pidió al gobierno que pare la mano, que baje los decibeles:
Un país no se puede gobernar enfrentando a unos con otros. No se puede gobernar así. Los argentinos no nos merecemos esto. Y esto no significa no discutir. No hay que tenerle temor ni a la discusión, ni al debate. Es parte de la democracia. Es lo que hace que uno se sienta vivo. No estoy hablando de eso. Estoy hablando del enfrentamiento, del odio, de la estigmatización del otro.


Restablecer un orden

Profundicemos la idea del orden. El macrismo no cree en la democracia, por lo que el único orden que puede concebir es un orden policial. No hay en su horizonte un orden constitucional, un orden social, mucho menos un orden económico. Bien dice Damián Selci en una columna reciente: nosotres sabemos cómo termina esto. Al igual que el menemismo y la dictadura, la derecha vino a hacer lo que hace la derecha en Argentina, por más que haya llegado por los votos y se mantenga con ellos. Su programa de gobierno es fugar, endeudar y ajustar; que los platos los pague otro. Restringir derechos, bajar salarios, achicar la democracia. Otra vez sopa.
Ahora bien, ¿cómo decir todo esto sin que parezcamos el Partido Obrero? ¿Cómo nombrar toda la destrucción que viene sin parecer profetas del apocalipsis? Dice Íñigo Errejón, hablando sobre el populismo:
Las fuerzas que aspiran a construir un pueblo... portan siempre un proyecto de reconciliación de la comunidad -o al menos de su 99%, la parte que ha de volverse el todo... Es decir, una promesa de restablecimiento del orden…. Cuando las fuerzas populares profetizan las siete plagas de Egipto como condición del cambio, nuestras sociedades suelen preferir, con buen tino, la conservación de lo existente. Su función histórica debe ser, más bien, la de representar ese anhelo nostálgico al tiempo que le da una respuesta innovadora y transformadora en el día a día para reconstruir un nuevo pacto social del S. XXI que equilibre la balanza y derrote la ofensiva codiciosa de los de arriba. El contenido del radicalismo democrático posible y necesario en nuestro tiempo, por tanto, no es el de romper los acuerdos sociales sino fundarlos de nuevo, no es aumentar la incertidumbre sino reducirla, no es “rasgar el orden” sino restablecerlo: infundir capacidades y confianza en los de abajo, ampliar su radio de acción, fortalecer sus vínculos como comunidad y los dispositivos institucionales a su servicio.
Iñigo escribe y parece que remite a la vieja idea peronista de la comunidad organizada. Porque, por paradójico que suene, nuestros proyectos populistas son transformadores pero también son profundamente conservadores. Ante un neoliberalismo que con valores del siglo XXI viene a destruir el tejido de la sociedad, nuestros populismos recuperan y reponen valores clásicos del siglo XX: la familia, el trabajo, la fábrica, el barrio, la Patria, la solidaridad, la movilidad social ascendente, el cuidado del otro, la comunidad. Por supuesto, estos valores deben ser actualizados, repensados, reformuladores, reinventados, atravesados por el feminismo, el multiculturalismo y tantos otros valores “nuevos”. Pero el horizonte no es el de una “revuelta” o una “revolución” en su sentido clásico; sino el de una comunidad que repara su daño. Claro, no entra todo ahí, entra el 99%. Monseñor Aguer, la Sociedad Rural, Cecilia Pando y el CityBank que vean dónde se acomodan. Una comunidad reparada tiene conflicto, tiene debate, tiene contraposición de ideas y de fuerzas, pero sin violencia. En paz.

El deseo de ciudadanía
Una tangente del rock: Callejeros seducía en los tempranos 2000 anunciando un orden por venir. No relataba la desolación neoliberal, como el baldío de La Renga donde caían los ángeles y en sus ojos hablaba la tristeza; o la guitarra de Bersuit que gritaba que en la selva se escuchaban tiros y se venía el estallido. La voz del Pato Fontanet cantaba de un futuro cierto que estaba en ciernes. Gardel va a tocar con los Beatles en la plaza del barrio, Bob Marley va a rugir en Cemento con los Rolling Stones. Decía en los recitales: "luchemos por lo imposible porque lo posible se agotó". Enunciar no ya como posible sino como cierto lo imposible, revitalizaba un rock que había sido cronista de la devastación en la década anterior.
Unidad Ciudadana tuvo un enorme éxito en la campaña. Como dijo CFK en su comunicado posterior a las elecciones, “hemos recuperado para el debate político los problemas de la vida cotidiana de la ciudadanía: trabajo, comida, tarifas y medicamentos. La dignidad ciudadana, por fin, en el centro del debate.” Sin embargo, no alcanza con ser cronistas de la devastación de un ajuste neoliberal que recién comienza. En un debate reciente publicado en Tiempo Argentino, alerta Jorge Alemán:
El kirchnerismo ha querido dar lugar al desgarro, a mostrar cómo la vida se desorganizó, esa fue la fórmula. Pero hay un problema. Y lo que voy a decir no es meramente psicoanalítico. El problema está en la figura de la víctima. La víctima es pasiva. Es una figura de la pasividad que tiene en eso su propio límite. Denuncia la situación en la que está involucrada, pero no dice qué quiere. Todo lo catártico se agota inmediatamente en sí mismo. Lo catártico se caracteriza porque se reinicia una y otra vez sin modificar nada. Y el problema es que, para construir ese pueblo en el que se anude a la ciudadanía, tiene que aparecer de nuevo un tipo de deseo. No alcanza con sólo narrar. No es sólo narrar el infortunio. Es necesario expresar qué quiero, y que quiero otra cosa. Y en cuanto a lo de la construcción del pueblo como sujeto, eso no significa solamente que se unifiquen fuerzas políticas, o que haya una interna. Hay que partir del reconocimiento de que lo que había antes ya no está. Hay que ver si se lo puede crear nuevamente. Y, en el caso de lograrlo, nunca será igual a lo de antes.
La batalla es cuesta arriba. Hemos ganado las elecciones primarias enfrentados a la Suma del Poder Público, como la ha caracterizado CFK. Octubre se avizora como una compleja disputa cabeza a cabeza, voto a voto, donde la ciudadanía tendrá un papel fundamental en defenderse y hacer campaña por sus propios medios. Pero bien lo dice Alemán, no será suficiente narrar el desgarro, sino que debemos proponer un orden futuro, reconstruir un lazo de confianza y deseo con la sociedad. Ahí están los 15 puntos del programa de Unidad Ciudadana, como punto de partida; ahí están los cuatro pedidos de emergencia en el segundo Sarandí (tarifas, empleo, medicamentos, alimentos). Ahí está Cristina, dispuesta a dejarlo todo para construir una nueva mayoría. Pero no alcanza sólo con ella. Cada une tiene que hacer su parte.


Tuesday, August 8, 2017

Contra el peronismo facilista



Vas a robarle el gorro al diablo, así,
adorándolo como quiere él, engañándolo.
Sin tus banderas
sedas de sedas
que guardan nombres en tu corazón.


¿Qué es el peronismo? O más bien, ¿qué queremos decir cuando decimos peronismo? Manso debate, inabarcable. Afinemos el lápiz. ¿Qué quiere decir en agosto 2017 la palabra peronismo? ¿Qué significa que Randazzo y Solá digan que son peronistas? ¿Qué onda Guillermo Moreno diciendo que con él podemos finalmente votar a un peronista en la ciudad? Y la última, ¿la unidad ciudadana es peronista?

Apostamos: la unidad ciudadana es política nacional y popular, por ende es peronismo; el resto es mito, facilista y malo. Lo que llamaremos la mitificación del peronismo como solución prefabricada a todos los problemas de la sociedad no sirve, no convoca, encierra y resta. La marcha y el escudo, la arenga para convencidxs, las mismas tres citas de Jauretche repetidas hasta el hartazgo, el padrón de afiliados, la mesa con el banner y la sombrilla; hay que repensar todo para cambiar todo.

Cristina, que la tiene más clara que el Diego haciendo jueguito, quiere conducir a las fuerzas vivas de la Argentina en dirección de una nueva mayoría. Mayoría, que se grabe en nuestras cabezas: MA-YO-RÍ-A, no una intensa minoría, sino una potencia transformadora que abrace y englobe a la ciudadanía toda, donde las identidades partidarias y las ideologías políticas pasan a un segundo plano, y lo que emerge es la bandera argentina.

Amar es aprender a desprenderse, dice el budismo, y por amor debemos salir de nuestra zona de confort si realmente aspiramos a reconstruir poder en la sociedad. Suponer que “el peronismo” es la respuesta a todas las aspiraciones y ansias de nuestro pueblo, que no hace falta construir pueblo porque “el pueblo somos nosotres”, son vicios que debemos abandonar para esta etapa tan crucial de nuestra historia. Basta de peronismo facilista. Hagamos política.


El mito peronista

Quien cree en un mito no duda, tiene certezas. “Yo nunca me metí en política, siempre fui peronista” dice Mateo en “No habrá más penas ni olvido" de Soriano; y quizás algo hay en esa frase que conecta a lo que llamaremos el mito peronista con el abandono de la política. Sí, el abandono de la política. Porque si el pueblo es peronista, alcanza con que unx sea peronista y lo declame para que las masas vengan marchando en su apoyo. Pero ya hemos aprendido que por mucho escudo del PJ que nos tatuemos en el brazo, las masas y los votos no vienen solos.

Un mito peronista es un dato de la realidad (que es la única verdad). Es una máxima incólume que no puede ser refutada, y que su sola alocución mata cualquier argumento. Esgrima un mito peronista y tiene asegurada la victoria argumental: “Hay que hacer ladrillos con bosta”; “el movimiento obrero es la columna vertebral”; “en todas las casas del conurbano hay una foto de Evita”; “el peronismo es invencible”; “el aparato que tenemos es imbatible”; “el que gana conduce, el que pierde acompaña”. Extraños mitos que fuimos comprando y creyendo sobre lo que es y debe ser el peronismo.

El núcleo fundamental del mito es que el pueblo es peronista, y que el pueblo no se equivoca. Por tanto, si unx es peronista, la consecuencia lógica es que el pueblo está con unx. Cantemos la marcha, comamos unos choris, juntemos a la militancia, huevo huevo huevo, Perón Perón qué grande sos, todos unidos triunfaremos.

Ese peronismo mitológico, por más que parezca muy confiado y altanero, se pone muy nervioso cuando se suma alguna fracción proveniente del radicalismo o de la izquierda al frente popular. Denuncian progres y tibios por doquier. Hay que limpiar la progresía blanca y dejar que los verdaderos peronistas se hagan cargo de esto. Casco o guante. Macartismo.

Pero no siempre hubo mito sobre el cual pararnos. Lxs jóvenes trabajadorxs que marchaban pidiendo la libertad de Perón en Octubre de 1945 no tenían ningún mito en que creer. No es que se levantaron esa mañana diciendo: “Hoy vamos a hacer el 17 de octubre”. Lxs pibxs que metían caños en el 56 tampoco tenían muchas certezas. La juventud que fue a buscar a Perón a Ezeiza (las dos veces), saltó al vacío movida por una esperanza. No había garantías ni seguros. Y hoy tampoco los hay.

Veamos que Néstor y Cristina jamás creyeron que el peronismo era la respuesta a todas las preguntas. Claro, el peronismo es siempre siempre el punto de partida, la base de apoyo, el origen de toda construcción transformadora; pero que desde ahí había que construir algo más grande. Por eso la tríada Kirchner-Carrió-Ibarra allá por los tempranos 2000. Por eso la transversalidad. Por eso las charlas de Néstor con Torcuato Di Tella sobre construir un polo de centro-izquierda y otro de centro-derecha en Argentina. Por eso Cobos. Por eso Unidos y Organizados. Por eso el alfonsinismo. Por eso Unidad Ciudadana. Algunos experimentos fueron más exitosos que otros, pero siempre estaba ahí ahí, la pulsión por desprenderse de un corset ortodoxo que limitaba las posibilidades de un gran frente nacional de transformación.

Nos animaríamos a decir, siguiendo aquella famosa tesis 11 de Marx sobre Feuerbach, que no se trata de interpretar al peronismo, de lo que se trata es de transformarlo. Eso fue el kirchnerismo. Transformar el peronismo para transformar la patria. Eso es la unidad ciudadana.


Disgresión: el intercambio Santoro - Moreno

Un momento televisivo de primarias. Guillermo Moreno se encuentra en un estudio de televisión con Leandro Santoro. Ambos comparten la primaria de la fuerza Unidad Porteña, dentro de la cual se encuentra la lista de Unidad Ciudadana, de la cual Santoro es parte. Moreno se mofa de Santoro. “No me va a venir un radical a explicarme el peronismo” dice, para las carcajadas del panel. También se trenzan en una desagradable, piantavotos e innecesaria discusión sobre si Menem sí o Menem no. Todo horrendo.

Moreno, portador de un justicialismo explícito y altanero, explica al conductor del programa y a la audiencia, que “hay un debate subyacente entre el peronismo y la socialdemocracia, un debate que debemos dar”. Nos preguntamos, de buena leche, ¿es un debate que nos debemos dar? ¿Lo relevante, lo necesario, lo subyacente es discutir entre el peronismo y radicalismo dentro del campo popular? ¿No será que a esta altura de la soireé las diferencias entre identidades político-partidarias importan poco y nada? Problemas de la gente, no de los dirigentes, por favor.

En SADOP Cristina pidió suspender diferencias políticas en pos de una nueva mayoría, y en Atlanta, junto al radicalismo popular dijo:

Siempre es importante conocer la historia. Y hay que conocerla además para entender cómo es posible que minorías a lo largo de la historia, minorías, porque siempre han sido las minorías, puedan lograr la división del campo nacional y popular, el enfrentamiento muchas veces entre los argentinos y de esta manera, pivoteando sobre estas diferencias, pivoteando sobre lo que podríamos denominar no contradicciones secundarias sino contradicciones ridículas e inexistentes, llevan agua para su molino, consiguen la división del campo popular y someten al conjunto de la ciudadanía a políticas antipopulares que finalmente culminan siempre con crisis institucionales en las cuales se retiran momentáneamente, viene el movimiento nacional y popular a acomodar lo que destruyeron y destrozaron prolijamente durante su paso por el poder, no sin antes haberse llevado todo.

Con gran tino, cuando el compañero Moreno le enrostra que un radical jamás le va a explicar a él (¡a él!) el peronismo, el correligionario le responde: “Te lo puedo explicar como argentino”. Eso, creemos, es lo fundamental en esta etapa. Construir desde las identidades precedentes, rescatando lo mejor de cada una, una identidad nueva y transformadora. Síntesis.


El pueblo (si está) no se equivoca

La propuesta de CFK de suspender las diferencias ridículas, de construir una nueva mayoría política, remite a la necesidad de construir un pueblo. ¿El pueblo se equivoca o no se equivoca cuando gana un Menem o un Macri? ¿No tiene siempre razón el pueblo incluso cuando se equivoca? Acá, como siempre, nos remitimos al maestro Ernesto Laclau que nos dice:

El “pueblo” sólo puede ser constituido en el terreno de las relaciones de representación. ...El “pueblo”, al operar en discursos populistas, nunca es un dato primario sino una construcción - el discurso populista no expresa simplemente un tipo de identidad popular originaria; él la constituye... Como resultado, las relaciones de representación no constituyen un nivel secundario que refleja una realidad social primaria constituida en otro lado; son, por el contrario, el terreno primario dentro del cual se constituye lo social. Cualquier tipo de transformación política va a ocurrir, como resultado, como un desplazamiento interno de los elementos que participan del proceso de representación.

En criollo, Laclau dice: el pueblo no existe de antemano, sino que se construye. Un pueblo, que no es otra cosa que toda la comunidad nacional enfrentada a un régimen o a un adversario anti-nacional, no siempre se logra. Si la comunidad nacional se parte, se fragmenta, se dispersa, no hay pueblo. Si no hay elemento que aglutine a los distintos estamentos de la comunidad, habrá sectores populares, habrá fuerzas populares, habrá intenciones populares, pero NO HAY PUEBLO. El pueblo se inventa, se crea, se constituye en la política. Si la política no puede producir un pueblo, entonces fracasa.

Es por eso que la pregunta “¿el pueblo se equivoca?” es una falsa pregunta. La verdadera pregunta es “¿hay pueblo o no hay pueblo?”. Si hay pueblo, no hay error.  En ese sentido, el peronismo es una herramienta de construcción de pueblo, no la herramienta de un pueblo que ya está ahí, y es peronista. Nadie nace peronista, sino que se hace. Eso es la política.


La fe ciudadana

A diferencia de Elisa Carrió, quien dice que la culpa no es sólo de los corruptos sino de quienes los votan (sic), Cristina no hace responsable a la sociedad de las penurias macristas. Nada de eso de a pagar con alegría, o yo no lo voté. No, si la derecha gobierna, es por la correlación de fuerzas, la subjetividad, los medios y, sobretodo, la estafa electoral. Pero jamás la culpa es del pueblo. En Arsenal se la escuchó a CFK compartiendo una sensación de injusticia, planteando que la Patria no se merecía el dolor y el malestar que causa el neoliberalismo. Nadie se merece esto, ni el más macrista de los macristas.

En el fondo, el problema con el macrismo no son sus votantes. Si incluso muches de elles fueron votantes nuestres en otras etapas. Esas personillas que votaron y votan amarillo son objeto de nuestro deseo, porque creemos que somos capaces de representarlas, mucho mejor de lo que lo hace Cambiemos.

El visible malestar de Vidal, de Durán Barba, de Marcos Peña, y de Macri, que critican a Cristina porque supuestamente “se esconde”, “no habla”, “no da la cara”, no es otra cosa que la desesperación de que Cristina, como dicen en Nestornautas, no hace la campaña que elles quisieran (crispada, larguera, pejotera, confrontadora), sino que hace una campaña ciudadana. No esconde su peronismo, sino que lo lleva de vuelta a sus bases: la fe en (construir) el pueblo. La bandera argentina.

Sabemos que tenemos todas en contra. Hay que ganar contra los medios de comunicación, contra la Embajada, contra los servicios, contra el partido judicial, contra el poder del Estado Nacional y Provincial. El macrismo nos quiere como la caricatura de nosotres mismes, discutiendo las estadísticas del INDEC de Moreno, Boudou, Quebracho, el contador de Cristina, Minutelli, Lopez y Baez. Nos quieren a los gritos en Intratables, haciendo piquetes, haciendo quilombo. Como dice Oscar Cuervo, hay un peronismo que le gusta a Clarín, y algunes se lo proveen. No les demos bola.

En su enorme biografía política de Patricio Rey, el colectivo Perros Sapiens, reflexiona sobre el himno ricotero “Juguetes Perdidos”. Dicen:

El robo del gorro al diablo tiene condiciones... Adorándolo, engañándolo: es decir, habitando, el disidente, de manera medio disimulada su época, con aparente adoración por los ídolos imperantes. Seres “comunes” dan el zarpazo, politicidades clandestinas. Y el robo es sin banderas. Para robarle el gorro al diablo tenés que estar liviano. Sin la carga identitaria ...Sin las banderas porque no hace falta tenerlas, porque se ocuparon de guardar nombre en tu corazón.

En estas elecciones, tenemos que robarle el gorro al diablo. Hay que ganarle al macrismo, jugando en su cancha. En la cancha de la cercanía, de los videitos, de las redes sociales, en la cancha de las campañas del siglo XXI. Para eso, no hacen falta nuestras banderas colgadas, ni nuestra liturgia, ni nuestras identidades tatuadas en la frente. Todo eso es exceso de equipaje, como el ego. Las banderas ya las tenemos en nuestros corazones, y guardan nombres. Ahora salgamos a juntar los votos que faltan para ponerle un freno al ajuste, con la unidad ciudadana.


Wednesday, July 19, 2017

Odio, optimismo, esperanza




Y ves, que esta tristeza no puede ser
que algo mejor tiene que haber
algo por donde salir a andar.
- Los Piojos


Plena campaña electoral. El 2017 será marcado a fuego como el año en que el programa de ajuste neoliberal de Mauricio Macri se consolidó o fue rechazado en las urnas. El futuro está abierto, las fuerzas políticas populares ponen todo lo que tienen al asador, y será la sociedad argentina quien decida el rumbo de la Patria. Movidito, movidito.

Y ahí está ella. Cristina, de carne y hueso, una ciudadana más que pide que no voten por ella sino en defensa propia. Las encuestas en la Provincia, habrán leído todes, le (nos) dan bastante bien. Pero ojo al piojo, no nos pongamos triunfalistas porque falta mucho para octubre, y el macrismo tiene su estrategia.

Ya sabemos, el gobierno de Cambiemos no tiene nada para mostrar. Si venden la “recuperación” del INDEC o la salida del cepo como grandes logros de gestión, es porque los números de la economía y sobretodo su impacto sobre la vida cotidiana expresan una tremenda desazón en amplios sectores de la sociedad. Las cosas andan mal, y el gobierno lo sabe. Es por esto que apuestan, agazapados, a repetir el tándem odio-optimismo que resultó exitoso en 2015.


La fórmula es más o menos así: por un lado la tríada medios-servicios-poder judicial se dedicará exclusivamente a la campaña sucia, bombardeando al electorado con causas de corrupción, megaoperativos policiales, violencia social, fotos en bolas, titulares rimbombantes; todo todo todo apuntado a la figura de Cristina, el kirchnerismo, su banda de delincuentes, sus piqueteros, sus planes, sus pobres, sus sicarios, sus mafias, Irán, Venezuela, y todo lo que pueda meterse ahí en la cadena. Por otro lado, les candidates de Cambiemos saldrán a timbrear, a filmar videitos simpáticos, a vender un optimismo bobo que pretende convencer a la sociedad que la economía está repuntando, que vamos por el camino correcto, que confiemos una vez más, que hay que reafirmar el cambio, y que sarasa sarasa sarasa qué lindo es ver todo lo que estamos logrando juntes.

Nada está dicho aún, y el rol de la militancia, sabemos, es fundamental. Pero para eso es importante que interpretemos las estrategias de campaña. Las ajenas y las propias. Y que acertemos al mensaje. Hay que llevarse puesto el combo odio + optimismo, empujando el mensaje de la unidad ciudadana para frenar el ajuste. Un mensaje fundado en el dolor, y frente al dolor las certezas, y el compromiso de la esperanza.



El odio, el miedo y la bronca


Decía Jauretche que cuando la clase media está bien vota mal, y que cuando está mal vota bien. Eso explicaría, haciendo una extrema sobresimplificación, los motivos del voto macrista 2015. CFK afirma que ganaron porque cambiaron la correlación de fuerzas de la sociedad, que lograron mostrar como “normal” algo que era anómalo, extraordinario, pero no era magia. Ahora bien, la situación ya no es igual. El programa económico cambiemita ha generado súbitas penurias económicas a las familias argentinas que son un caldo de cultivo para el dolor, la desesperación, la bronca. Pensiones perdidas, sueldos que no alcanzan, facturas impagables, desempleo sin perspectivas futuras; y si no te gusta, decí si sos kirchnerista.


Si las volanteadas militantes sirven de diagnóstico, se percibe a lxs gorilas más sacadxs que nunca. La gente que odia a Cristina está enojada, mucho más que antes. Esto tampoco fue magia. Majul, Leuco, Van der Kooy, Fernando Iglesias, Morales Solá, Laura Di Marco, y un sinfín de operadores macristas repiten y repiten y repiten: CRISTINA PRESA, CRISTINA PRESA, CRISTINA PRESA; y sin embargo, no sucede. ¿Cómo que no desapareció de la faz de la tierra? ¿Cómo que no está presa? ¿Cómo que va a ser candidata? ¿Puede volver Cristina? ¿Vuelve?


No nos confundamos, no es que Majul está verdaderamente enojado y absorto porque Macri no metió presa a Cristina, porque la “levanta” para polarizar, porque sigue midiendo. La estrategia persecutoria y represiva es conjunta; sólo juegan el juego de las diferencias porque así funciona mejor. Mantener vivo el odio, para redirigir la bronca social.


Cristina es el cuco. Así lo ha expresado Lilita Carrió, la única candidata de Cambiemos que tiene luz verde para jugar el juego del odio. De cualquier modo, la mejor metáfora sigue siendo la del editorial de La Nación en respuesta al paro general de abril:
Durante 12 años se generó, desarrolló y ocultó un tumor gigantesco en el cuerpo social de la República. Ahora que llega el momento de extirparlo, se irrumpe en el quirófano y se acusa al cirujano de crueldad, pues el enfermo lucía mucho mejor cuando aún estaba en su casa, bien diferente que ahora, con un tajo en el abdomen, respiración artificial y las crueles manchas de la sangre.
El kirchnerismo es un cáncer, un tumor a ser extirpado, y estas elecciones son cirujía mayor; la sociedad tiene que hacer un esfuerzo, bancarse el dolor sin anestesia, porque vamos, ¿quién ha visto una operación quirúrgica sin sangre ni secuelas? No puede ser fácil ni gratis sacarse de encima tanto populismo. ¡Ah, pero lo que vendrá! Con el populismo fuera de escena, con Cristina derrotada y presa, podemos soñar en grande; podremos ser Dinamarca, Suecia, Australia o Corea del Sur.


Pero no es sólo el kirchnerismo. Dice la Revista Crisis en su último manifiesto que la reacción al fallo Muiña del 2x1, incluso las últimas movilizaciones del #NiUnaMenos fueron abrazadas por el macrismo valiéndose de un poderoso consenso punitivo, meta ideológico y transclasista. Durante 12 años, mientras gobernábamos y ampliábamos derechos, se fue tejiendo ese sutil sentido común contra el piquete, contra el plan, contra los chorros, contra el otro.


Repasemos sólo en 2017 la cobertura mediática de los casos Micaela y Araceli, del recital del Indio Solari, de la represión en la 9 de Julio. Esta semana, la vergonzosa puesta en escena del “Polaquito” en el programa de Lanata es un ejemplo más del banquete punitivo del que come Macri, ahí sentado entre Feinmann, Baby Etchecopar, y otras miserias fascistas. Pero como bien dice la Crisis, ese consenso punitivo es poderoso, es meta ideológico, es transclasista. Y ahí hay mucha bronca acumulada. El desafío macrista es apuntar esa bronca contra los movimientos sociales, contra Zaffaroni, contra la militancia, contra el peronismo, contra Cristina.




El optimismo


El complemento del odio son, claro, los globitos de colores. El optimismo como prisma que permite ver el vaso medio lleno, que nos hace caminar por la vida despreocupadxs porque todo saldrá bien. Por ejemplo, en la visita de Macri a Cañuelas, donde charlando con los dueños de una parrilla, dice: “Todo eso es lo que vos lográs con tu esfuerzo...Si vos tenés un rol, y sos también protagonista de lo que se está haciendo, esto es lo que te hace sentir bien” (?).


De algún modo, el macrismo recuerda a los Refutadores de Leyendas, personajes míticos imaginados por Alejandro Dolina, en su eterno enfrentamiento contra los Hombres Sensibles de Flores:
Los Refutadores de Leyendas se alegran de la dinámica universal y esperan el futuro con impaciencia. - Saluden a los nuevos tiempos! - gritan- . El mundo marcha hacia adelante. Marchan ustedes a contramano de la historia- rugían los Refutadores [a los Hombres Sensibles] . Y era cierto. Pero siempre es recomendable recorrer la vida a contramano, sobre todo si uno sospecha quién ha puesto las flechas del tránsito.
Las fotos de Macri con extraños aparejos de realidad virtual, la gilada de volver al mundo, el cholulaje de los presidentes extranjeros, su fascinación con las empresas “unicornio” (MercadoLibre, Taringa, etc.), el boludeo con el Spinner. Marcos Peña lo repite incansablemente: el kirchnerismo es cosa del pasado, está viejo; saludemos a los nuevos tiempos, hagámonos amigos del Siglo XXI. Más profundamente, el macrismo viene a refutar otras leyendas: los sindicatos, la lucha de clases, el conflicto, el peronismo, el combate a la desigualdad, la redistribución de la riqueza, el enfrentamiento con los factores de poder. Son para el mantra cambiemita falsos conflictos, innecesarios. Con el diálogo y el consenso la Argentina puede salir adelante.


Terry Eagleton, marxista y crítico literario inglés, escribió recientemente un libro titulado “Esperanza sin optimismo”, buena fórmula para tener en mente. Dice sobre la banalidad del optimista:
El optimismo está más relacionado con la confianza que con la esperanza. Se basa en la opinión que las cosas tienden a salir bien, no en el exigente compromiso que entraña la esperanza... Un optimista es más bien alguien con una actitud risueña ante la vida simplemente porque es optimista. Prevé que las cosas van a resultar de forma favorable porque él es así. Como tal, no se da cuenta de que hay que tener razones para estar feliz. Por tanto, el optimismo profesional no es una virtud, como tampoco lo es tener pecas o pies planos. Simplemente es una peculiaridad del temperamento. “Mira siempre el lado bueno de las cosas” tiene tanta racionalidad como “hazte siempre la raya del pelo en medio” o “quítate el sombrero respetuosamente ante un lebrel irlandés”. De hecho, el optimismo es un componente típico de las ideologías de las clases dominantes… Cuanto más necesaria es la verdadera esperanza es cuando la situación es más extrema y revista una gravedad que el optimismo se suele resistir a reconocer.
La gravedad de la situación social actual es imposible de comprender para un gobierno de ricos. Cierto, seguramente miran los números del INDEC o de la UCA, pero en el fondo no les importa. Su objetivo es flexibilizar, bajar costos, ajustar y fugar. No pueden decirlo porque en la Argentina poskirchnerista, "neoliberal" es mala palabra. Entonces el optimismo, basado en entelequias como el segundo semestre, la lluvia de inversiones y los brotes verdes. Vidal sonríe, Bullrich sonríe, Macri sonríe. Sonrían que se va todo al carajo, saquemos una #AgradeSelfie.


Habla el presidente con Sergio, un votante desilusionado que, como bien resaltó Nicolás Tereschuk, ya no va al supermercado sino al mayorista (le desorganizaron la vida), y el presidente le pide tiempo. Paciencia. Que espere, que todo va a salir bien. Lo que más lo enoja a Sergio, como al carnicero de la infancia de María Eugenia Vidal, es que “se robaron todo”. Hoy estoy mal, y encima no la devuelven. Esa extraña fórmula matemática que dice que “se robaron un PBI” y que “lo que se robaron es lo que te falta”. Pero el presidente quiere que lo banquen, que lo esperen, que vean el vaso medio lleno (“¿no sentís que la inflación paró un poquito?” le pregunta a Sergio), que estamos mal, pero vamos bien.


El combo es odio y optimismo; y funciona. Cuidado, a no subestimar, que es un plan bien pensado y profesionalmente ejecutado. Nada más sencillo que burlarse de Durán Barba. Pero Cristina entendió, antes que nadie, que hacer antimacrismo a secas no alcanza. Por eso Unidad Ciudadana, por eso Arsenal, por eso Mar del Plata. Pongamos el ojo ahí.




La esperanza (sin optimismo)

Una de las claves fundamentales de la campaña de CFK en este 2017 es elaborar sobre el dolor. El 2011 también tenía algo de eso. Luego de la muerte de Néstor, la consigna en los barrios era #FuerzaCristina, la fuerza de lxs trabajadores, la fuerza de la militancia, la fuerza de la ciencia, la fuerza de la familia, la fuerza de un Pueblo.

El dolor es espinoso, porque se conecta fácilmente con el odio, el miedo y la bronca. En nuestro pueblo, en nuestras bases militantes, hay mucha bronca con Macri. Incluso los derechos que no hemos perdido en primera persona nos duelen. Nos duele el ARSAT, Tecnópolis, Milagro Sala, el PROGRESAR. Cada día se pierden derechos, y la militancia kirchnerista es la primera en enterarse y alarmarse. Pero explicarle a unx ciudadanx lo que significa la privatización de ARSAT requiere paciencia y templanza. La bronca y el enojo llevan a la desesperación, y no podemos ser militantes desesperadxs. Porque entramos en el juego del adversario, y hay que transmitir otra cosa. La tarea de la hora es sacarse la mierda y escuchar el dolor del otro.

De Arsenal a Mar del Plata hubo dos cambios fundamentales en el discurso de CFK. Primero, los testimonios en primera persona. En Sarandí, Cristina subía personas al escenario, pero hablaba en su nombre. La voz de los sin voz, o algo así. En La Feliz, en cambio, circuló el micrófono. Incluso hizo subir una trabajadora que no estaba pautada, pero que a fuerza de pegar gritos, logró llamar la atención de la ex-Presidenta. Horacio González lo describió como el "gérmen vivo de un acto pedagógico que potencialmente contenía una asamblea o un mitín de comuneros libres".

El segundo cambio fue el llamado al voto y la esperanza. Cristina pidió no votarla a ella, sino votar como acto defensivo, en defensa propia. Una suerte de voto útil. El voto ciudadano como herramienta de un pueblo para hacerse oír ante un gobierno que no escucha. También habló de la esperanza:
Si lxs ven tristes, desesperanzadxs y desunidxs, este gobierno va a hacer cualquier cosa. Por eso mi misión es darles esperanza. Una esperanza. Yo estoy en esta campaña por una sola razón, para darles fuerza y esperanza y que estén todxs unidxs. Es lo único que me mueve a estar acá, transmitirles fuerza y esperanzas y que estén todxs unidxs.
La esperanza que nace como fuerza para articular el dolor de lxs ajustadxs. Volvamos a Eagleton: la esperanza no es optimismo, aunque vayamos primerxs en las encuestas, aunque Cristina pueda ganar. La esperanza es un exigente compromiso. Dice el marxista inglés:
La esperanza auténtica debe estar basada en razones. Debe ser capaz de seleccionar las características de una situación que la hacen creíble. De lo contrario, no es más que un presentimiento, como si estuviéramos convencidos de que hay un pulpo debajo de nuestra cama. La esperanza debe ser falible, mientras que la alegría temperamental no lo es... La esperanza implica una suerte de trama o proyección, en el sentido de una articulación imaginativa del presente y el futuro.
La esperanza debe estar fundada en razones. La esperanza como "espera" no es más que optimismo; la esperanza sin acción desmoviliza, es crédula y débil; es Diego Torres. Apunta en nuestros debates el compañero @militancio que transmitirle esperanza a la sociedad es cargar demasiado sobre nuestros hombros; que lo que debemos transmitir es el compromiso, la responsabilidad de la esperanza. La esperanza es, como dijo CFK numerosas veces, la organización. Si nos ven tristes, si nos ven desorganizadxs, nos llevan puestxs.

Ese es el llamado a la unidad ciudadana. A participar, a colaborar, a alzar la voz y ser parte de una organización del porvenir. La participación popular, ciudadana, será lo que construya esa nueva mayoría futura. Porque Cristina sola no puede, no alcanza. Última cita de Eagleton:
Es cierto que el futuro no existe, como tampoco existe el pasado; pero de forma similar a como el pasado sigue vivo en sus efectos, el futuro puede estar presente como potencial. La potencialidad es lo que articula el presente con el futuro, y pone así la infraestructura material de la esperanza.
Estamos convocadxs a articular la infraestructura material de la esperanza. Sabemos que algo mejor hubo, que no fue suficiente, que no alcanzó, pero que sigue vivo en sus efectos. El empoderamiento popular, las grandes oleadas de movilizaciones que vivimos en este año y medio, son efectos de una década de derechos conquistados. Tal como las luchas de los '90 fueron las conquistas de los 2000, las luchas del presente anuncian los derechos que conquistaremos en el futuro.

El programa de Unidad Ciudadana no debe ser leído como promesas de campaña, ni como un compromiso electoral, sino como un punto de partida de todo lo que podremos empujar, desde la calle y el parlamento, en los dos años de lucha que se vienen. Las elecciones, por lo pronto, son una ventana para plantarnos y decir que NO. NO al ajuste, NO a este programa económico. Esta tristeza no puede ser. En palabras de Morales Solá: "Un triunfo de Cristina en la provincia de Buenos Aires, aunque fuere por un punto, frenaría en seco el programa político y económico de Macri". Eso sí que es motivo para la esperanza.